Artículo publicado en La Tercera, 17 de abril 2020 – Desde hace un mes, Guarequena Gutiérrez (36), representante del presidente encargado de Venezuela, Juan Guaidó, no sale del departamento que comparte con su pareja en el centro de Santiago.

Si su labor ya era atípica antes del Coronavirus -al no contar con una oficina diplomática formal, ni personal, ni recursos-, después de que Chile entró en la fase cuatro de la pandemia, todo se tornó aun más extraño… y precario.

Gutiérrez cambió las reuniones en embajadas y los contactos que tenía con la comunidad migrante en las salidas del Metro, en cafés o casas particulares, por contactos vía teleconferencia que se extienden hasta las 22 horas. Hace un mes fue la última vez que tuvo contacto en vivo con algún representante del gobierno chileno, aunque asegura que mantiene nexo virtual permanente con la Dirección General Consular.

Desde el 29 de enero de 2019, cuando fue nombrada embajadora, Gutiérrez renunció a su trabajo en una importadora y dejó de contar con remuneración. De ahí que hoy enfrenta la cuarentena en condiciones económicas extremadamente adversas que le impiden ayudar a su familia en Venezuela .

“Yo, particularmente tengo más de un año sin salario. Me ayuda mi pololo, un primo y una persona venezolana-chilena. La labor diplomática ha sido con ayuda externa escasa. Nunca he llegado a 500 mil pesos mensuales, siempre son 200 o 300 mil”, asegura.

En estas semanas de crisis sanitaria, Guarequena ha estado abocada a la situación de los venezolanos migrantes en el país y también a las noticias que recibe de su familia en Venezuela. “Pienso en los que están en Venezuela que no tienen ni bencina para moverse en carro. Mi mamá, todos los días se queda sin electricidad por varias horas y no tiene agua potable desde hace dos meses”, asegura.

La situación de Gutiérrez no es aislada. José Tomás Vicuña SJ, director Nacional del Servicio Jesuita a Migrantes apunta a cómo las dificultades se redoblan cuando se enfrenta una crisis sanitaria en calidad de inmigrante, muchas veces solo y con la incertidumbre de que ante la enfermedad o fallecimiento de un familiar no será posible estar.

“Estamos experimentando temporalmente una incertidumbre que los migrantes pasan de por vida. Si ya se nos hace difícil este nuevo modo de vida, más difícil se nos haría sin tener redes de contacto”, recalca.

Según el Instituto Nacional de Estadísticas y el Departamento de Extranjería y Migración, hasta diciembre se contaban en Chile 1.492.522 personas extranjeras residentes habituales, que se suman a la cifra negra de indocumentados que han llegado al país.

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